14/10/14

El crítico en Rolemaster y la justicia poética

Parece que fue hace mucho, pero no hace tanto que acabamos la última gran campaña que empezamos mis colegas y yo, la gente con la que me empecé a juntar para jugar a rol y con la que descubrí qué era realmente esto, gente totalmente desinteresada de redes sociales ni debates o flames. Habíamos acabado una gran campaña de Dungeons & Dragons 3.5, que duró más de cinco años y en la que empezaron siendo pringaos que buscaban al que le chafaba las coles a un pobre granjero y acabamos de niveles épicos.

Yo entré prácticamente al principio del segundo tercio, lo tuve que dejar y me reincorporé ya empezado el último tercio. Consejo: nunca dejéis que os obliguen a elegir entre pareja y amigos.

Total, que acabamos la campaña de la forma más épica posible, y el reto era el ¿y ahora qué?. Por dónde empezamos. Intentamos iniciar una nueva campaña de D&D sin mucho éxito, y al final nuestro DM (Víctor, del que ya hablé alguna vez) nos propuso un nuevo reto: Las Bocas del Entaguas, una mini campaña de El Señor de Los Anillos que una vez acabáramos, si lo hacíamos, empalmaríamos con La Búsqueda de las Palantir, otra de esas campañas largas en las que una caterva de mindundis acaban siendo héroes de leyenda.

Slaying the Dragon por Dagny Mol

¿Que qué tiene que ver esto con el título? Porque estamos jugando con el sistema de combate de Rolemaster.

Yo como personaje de nivel 1 pasé por mi etapa de hombre maleta, con un pequeño cúmulo de desgracias que se resumen en malas tiradas para hacer la ficha + malas elecciones a la hora de crear al personaje. Pero llegué al final sin morir, rozando la muerte muchas veces pero sin llegar a abrazarla, algo que no pueden decir dos de mis compañeros. Y todo esto con la sombra de la muerte rondándonos, y temiendo fallecer por un crítico mal recibido, porque ahí damas y caballeros está la esencia de todo el combate de Rolemaster: en el crítico envenenado. 

El crítico, ese elemento de azar que no hace distinciones entre buenos y malos, ricos o pobres, valientes o cobardes. Es el gol del fútbol, la canasta ganadora del basket, y es además la quintaesencia de lo que es un combate armado en realidad: una mezcla de suerte, acierto, preparación, concentración, ganas y disciplina. El crítico en Rolemaster es una obra de arte porque no se casa con nadie, y un crítico con una mala tirada puede suponer el más absoluto de los ridículos porque has rozado de refilón a tu enemigo, ese que se relame de pensar que ahora le toca a él repartir estopa. Obtener el crítico muchas veces implica arriesgar, decidir entre quitarle más daño y jugártela a recibir un golpe que muy probablemente te encale o aguantar, quitarte de tu ataque y esperar que el azar decida a quien quiere favorecer con una tirada abierta. No guts no glory chaval.

blood makes noise por Peter Almay

Pero un crítico con una buena tirada es la gloria bendita. Y si te permite cobrarte la pieza, es el summum. Es el minuto 116 de España, es la expresión absoluta de sangre y muerte, es el hermano mayor que mira al pequeño al que le empieza a crecer el bigote. El crítico de Rolemaster con una buena tirada es el juez Dredd en un mundo de corrupción y tarjetas negras, y más en un momento en el que el resto de juegos de rol no se moja con los críticos y prefieren ser elegantes, multiplicar el daño o decirte que has triunfado con estilo y suspirar aliviados porque no tienen que sacar la fregona y el cubo para limpiar la sangre que planeabas derramar por el escenario. Un crítico en Rolemaster es azar, pero también es justicia.

Y además, un crítico es elegante y certero. Es la demostración de que seas mejor o peor, eres un tío que sabes lo que haces. Los críticos malos, que como comentaba arriba suelen ser ridículos, son menos ridículos que esas pifias que parecen diseñadas por el que le hizo los números artísticos a Pepe Viyuela. Si te tiene que dar, te da, y si te manda al otro barrio tienes derecho a enfadarte pero también a aplaudir esa tirada que te ha hecho un traje igual que aplaudirías una obra maestra, aunque te la haga tu rival en tu estadio.

Tarde o temprano serás tu el que haga el traje.

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